Si una tormenta puede empañar un lugar tan vistoso como Palermo, también puede acentuar la atmósfera de cualquier obra. Aunque no estaba en los planes de Lamberto Arévalo, el clima aportó densidad a su concepción de Los días felices. Sumado a la electricidad del estreno, una puesta impactante y música lúgubre, se palpaba el entusiasmo en la sala del Sportivo Teatral.
La pieza de Samuel Beckett, estrenada originalmente en 1961, nos presenta a dos personajes ¿paralizados, enterrados, aguardando, sumergiéndose? en el desierto. Recién cuando un reloj despierta a Winnie vemos que tiene la mitad de su cuerpo en la arena. Sin inmutarse, saca de una bolsa su cepillo de dientes, un paraguas, una lupa y un revólver. De estos hallazgos habla con Willie, quien, para aumentar el absurdo, aparece bien avanzada la obra, de espaldas y con intervenciones esporádicas. Del discurso caótico de Winnie apenas vislumbramos el tiempo que han estado ahí, la presencia de otro personaje y su lucha contra el olvido. Al otro día, en apariencia, sólo permanece su cabeza.
Se pueden mencionar varios puntos elevados de la puesta, pero es imposible obviar el enorme trabajo de Roxana Berco. Su caracterización, contundente, sombría, abarca toda la obra, pese a su inmovilidad y casi desaparición. Eduardo Florio aporta brutalidad. Tanto la iluminación como la escenografía generan inquietud ya que la actriz parece atrapada entre raíces retorcidas y espejos.
Es evidente que sólo el autor de Esperando a Godot podría haber escrito esta obra. Hay temas recurrentes, como el sin sentido, lo grotesco, la ambigüedad del texto (¿Se pueden respetar todas las acotaciones? ¿Presenciamos dos días seguidos?), el miedo al vacío, la necesidad de hacer por hacer. Pero aquí se destacan los objetos, que marcan el tiempo, la importancia del otro y el deseo de que algo tenga que pasar en el mundo.
Si bien el teatro es un arte efímero, sus textos perduran. Por eso, las intenciones originales de una obra pueden diluirse en el tiempo. Cuesta exhumar el pesimismo o el desconcierto de hace cincuenta y dos años. Pero ahí radica lo más destacable de Los días felices: Arévalo logra transmitir el mensaje esencial, como si nunca hubiéramos escuchado hablar de un tal Samuel Beckett.
La niña con cara de Jirafa, de Natalia Carmen Casielles, se reestrenó este año en el teatro Abasto Social Club. Tal como lo anuncian su gacetilla y las críticas que sobre ella se han escrito, la obra propone una historia acerca de una de las muchachitas retratadas de Lewis Carroll en su libro Niñas, el cual reúne una serie de inquietantes cartas que el autor escribía a sus “amigas niñas”, así como las fotografías que les tomaba. Lewis Carroll es evocado en el transcurso de toda la obra a través de intertextualidades directas con su más famosa obra: Alicia en el país de las maravillas y Alicia a través del espejo.
La disposición de la puesta de manera oblicua propone dos plateas adornadas con banderines de colores, y que, por lados continuos, definen un espacio escénico cuyo mayor atractivo es un único objeto de madera, una suerte de casa de muñecas o carro de titiriteros, por el que circula ágilmente la actriz en el transcurso de toda la obra. A través de objetos lumínicos y musicales como muñequitas de trapo, juguetes a cuerda o libros, el personaje construye un mundo de ilusión y fantasía que se irá potenciando con distintos recursos de iluminación y escénicos.
El relato escénico resulta muchas veces poco fluido; presenta ciertos quiebres marcados tanto cuando el lenguaje actoral apela mayoritariamente a códigos físicos, como cuando se confunde la voz de la autora con la del personaje reflexionando sobre el uso de algunos términos. Esto, que pareciera en primera instancia ser contraproducente, nos provoca un distanciamiento que nos permite entonces diferenciar entre la ficción que propone el personaje con la ficción que propone la obra.
La niña se convierte en juguete de Lewis, quien la seduce con sus relatos, con sus epístolas, tomando ventaja de la perversión propia del amor de un infante. El autor se convierte así en representación de todo otro que intente “mantener niñas y muñecas” a quienes lo rodean, no vaya a ser que dejen de adorarlo. Lewis se comporta como un padre que quiere educar a su niña, enseñarle del mundo y de la moral, lo que es ser una niña buena y lo qué es ser una niña mala, y se incomoda cuando ella lo mira con “cara de verdad”. La identidad de esta niña se encuentra sometida a la mirada de ese otro que la define y a la que ella no puede escapar.
Hay una escena que nos resulta esperanzadora: la niña intenta definirse, corre para sentirse a sí misma. Entonces, la iluminación ya no juega con ocres y claroscuros, se vuelve blanca y cae sobre la totalidad del cuerpo pleno del personaje. Se abre la puerta al camino del autoconocimiento y la autonomía. Pero la protagonista decide cerrarla y quedarse en su madriguera, volviendo a caer en esa obsesiva forma de amor, quizás la única que conoce una niña, una forma de amor que puede ser tan generosa como destructiva.
La famosa Alicia, la preferida de Lewis, es traída a escena por evocación de esta niña que la envidia furiosamente por haber sido más fotografiada por el autor. El sufrimiento que le provoca conocer la existencia de otras niñas en la vida de este hombre y, más aún, el de descubrir no ser la preferida, induce a la niña a un llanto que la transforma y desfigura al punto de recibir el apodo de “cara de jirafa”. Seduce la identificación con el amor de la niña perversa que estalla por este irracional celo detonado por Alicia.
Así es que, a medida que transcurre la obra, por las licencias que el autor se toma, descubrimos lo que sospechábamos desde el comienzo: Lewis es un abusador de muchachitas, pues, cobardemente, nunca pondrá a su par a una mujer, no le permitirá a su muñeca salirse del lugar de objeto de deseo, ya que, el hecho de que la niña se asuma sujeto trae consigo la posibilidad de ya no ser un ideal y convertirse él mismo en objeto, en un muñeco con el que jugar.
Pero la de cara de jirafa no puede escapar a ese abusador de muchachitas y, aún con los cabellos ya grises, se queda niña, “muñeca”, esperándolo. Esos recursos que en un comienzo pudieran resultar dulces, graciosos y simpáticos se han convertido ahora en intentos forzados y hasta patéticos para mantener viva una fantasía insostenible. ¿Qué es lo que la tiene atada a un vínculo que le genera más sufrimientos que satisfacciones? El costo no es menor. Otra forma de amor requeriría no sólo resignar esa fantasía sino también renunciar a ser una “buena niña” ante los ojos de otro; implicaría definirse a sí misma y asumirse sujeto con responsabilidad sobre los propios actos y deseos, pero por sobre todo, tener que elegir con quién jugar.
A la salida de ver el trabajo de Natalia Carmen Casielles, no podemos dejar de preguntarnos: ¿Tendremos un “Lewis” a nuestro lado? ¿Somos acaso muñecas que no se resisten a sus infieles relatos y a su engañosa palabra? ¿Vivimos en una ficción como la niña que interpreta Sol Tester? Siempre tendremos una niña dentro, pero peor que renunciar a un Lewis Carroll, es condenarse a llevar eternamente una horrenda cara de jirafa.