Hay que desenchufar a papá. Bah, no, aún peor que desenchufarlo: hay que ponerle seis inyecciones, una en el cuello, dos en el brazo izquierdo, y así, hasta llevar a cabo su última voluntad, que es morir rodeado de sus tres cachorros y su abnegada mujer. Tres hermanos que se reencuentran en un paisaje montañoso y gélido para cumplir –o no cumplir, esa es la cuestión- con el deseo de papá, que ya no los ve ni los escucha.
Una madre gritona y pequeña pero que proyecta una sombra inmensa y oscura, una mamá de Hitchcock los espera en la casa. Desde la primera escena –dos hermanos jugando al ping pong- se vislumbra, o mejor dicho se huele un tufillo siniestro. Esa es la palabra: siniestro, digo, mientras me acuerdo de la descripción de “lo siniestro” que hace Sigmund Freud como “lo familiar que se vuelve extraño”. Lejos de ser una experta en Freud o en la noción de lo siniestro, me dejo sumergir en ese ambiente familiar, cálido: una mesa de ping pong, una diana para dardos, mermelada recién hecha, detalles que conforman esta cabaña hogareña que, sin embargo, lentamente se va haciendo ajena, a mí y a esos hermanos y a esa madre.
La mascota, una perra que, según la madre, probó sangre una vez y enloqueció y ahora no puede parar de matar, representa una metáfora útil para entender la dinámica familiar. Dos hermanos huyeron, uno a París y el otro a la capital, pero el del medio se quedó con la mamá y por eso debe tomar pastillas, para sobrellevarla y sobrellevarse.
Las actuaciones son desparejas, las hay muy buenas y no tanto, pero al fin y al cabo el cuadro logra su cometido, que –en mi caso- implica cortarme el aliento unos segundos antes del aplauso.
Hay que desenchufar a papá, pero fundamentalmente no hay que dejar que el cachorro pruebe la sangre, porque sino eso tan agradable y cariñoso como la perra de la familia se vuelve una bestia asesina y entonces habría que sacrificarla. Como a papá.
Un gorila arma una pila de libros y se sube sobre ella. Toma uno sobre Goya y comienza a leerlo. A continuación, entra un humano con más libros en su mochila, los saca y se los arroja al mono con violencia hasta que éste se cae. Así empieza Prefiero que me quite el sueño Goya a que lo haga cualquier hijo de puta, comedia negra con fuerte contenido de crítica social escrita por el dramaturgo argentino radicado en España Rodrigo García. Es la primera obra de una trilogía sobre este autor, ideada por el actor y director Emilio García Wehbi.
Se trata de un dúo explosivo. Por un lado, un polémico escritor, reconocido en los festivales de todo el mundo, comparado con Houellebecq, premiado por la Unesco, boicoteado por los católicos europeos y aún desconocido en la Argentina. Por otro lado, un artista interdisciplinario local que fundó el grupo de teatro experimental El Periférico de Objetos y que puso en escena tanto óperas como performances, instalaciones e intervenciones urbanas. El resultado es una puesta teatral cínica de principio a fin, crítica y excéntrica como lo proponían los filósofos griegos que siguieron a Antístenes y a Diógenes. Retoma los postulados antimaterialistas del siglo IV a.C. y muestra su plena vigencia en el contexto actual, caracterizado por el imperio del mercado y la cultura del consumo masivo.
La obra trata sobre un hombre de clase media que quiere hacer algo con los ahorros de toda su vida y decide viajar con sus hijos a España para ver las Pinturas Negras de Goya en el Museo del Prado. Parece una decisión alocada y sin sentido. Sin embargo, a través de discusiones con sus hijos que prefieren ir a ver a Mickey o a Pluto, y de escenas más metafóricas sobre la vida moderna, se entiende que el sin sentido está en pasarse la vida corriendo sobre una cinta de gimnasio o en pensar tal como lo proponen las marcas y las publicidades. La idea de ir al Prado de noche con whisky, merca y un sanguche de tortilla, en cambio, es un plan filosófico y existencial de alguien que busca hacer algo por fuera de la sociedad de consumo y encontrarse con la verdadera naturaleza del hombre contemporáneo.
En una de las últimas escenas, se proyectan aguafuertes de Goya de la serie “Los desastres de la guerra” intervenidas con payasos o personajes de Disney. La intervención vuelve aún más trágicas las pinturas de Goya, dejando un mensaje nefasto y para nada optimista sobre la vida contemporánea. El espectador tendrá que ver qué hace con eso.